La película IntensaMente nos recuerda gestionar nuestras emociones al entrenar nuestro cerebro.

Por: Richard Davidson.

Si pudieras ver tu propia personalidad ¿qué emoción dirige a las otras en tu centro de control? ¿Alegría? ¿Miedo? ¿Asco? ¿Enojo? ¿Tristeza?

En la película de Pixar “IntensaMente”, la alegría está al mando de la protagonista de 11 años llamada Riley. De hecho, esta emoción positiva –personificada por la actriz Amy Poehler- tiene dificultades en dar lugar a otras emociones que en muchas formas son más apropiadas para las situaciones en las que se encuentra Riley, entre las que se encuentra moverse a una nueva ciudad y cambiar de escuela y amigos.

El papel que las emociones juegan en nuestras vidas ha guiado mi investigación por 30 años y motiva la búsqueda de una respuesta a por qué algunas personas parecer ser más resilientes que otras ante las adversidades de la vida. ¿Qué hay en el grupo resiliente que les ayuda a sobreponerse mejor ante la adversidad?

Para comenzar a responder a esta pregunta, hemos echado un vistazo a cómo funcionan estas emociones en el cerebro. A lo largo del tiempo, no sólo hemos documentado que las personas sí tenemos predisposiciones y estilos emocionales, sino que también hay técnicas que muestran una gran promesa al ayudar a adultos y niños a alterar sus emociones para mejorar su bienestar y disminuir su sufrimiento.

Gracias a la neuroplasticidad, que tal vez es la idea más influyente en las últimas décadas en las neurociencias, sabemos que las estructuras y funciones del cerebro pueden cambiar a través de la vida, incluso en la adultez. Esto significa que puedes entrenar tu cerebro para manejar mejor tus emociones.

Alegría

Hay un entendimiento en crecimiento desde las neurociencias sobre la alegría y la felicidad. Una de las cosas más importantes que hemos aprendido tiene que ver con lo que podría llamarse “saborear” –la capacidad de saborear una experiencia positiva y permitirle permear tus actividades y dar un brillo positivo a las interacciones cotidianas. Hemos aprendido que mientras las personas con depresión muestran una activación normal en los circuitos cerebrales asociados a la alegría, es transitorio y no persiste.

Las personas con la capacidad de persistir en la activación de estas regiones cerebrales importantes para las emociones positivas y aquellas que puedan sostener esta activación más tiempo, reportan mayores niveles de bienestar y muestran menores niveles de cortisol, la hormona del estrés.

Una forma de cultivar alegría y activar esta región en el cerebro es reflexionar sobre lo que he llamado “bondad básica” –la propensión humana a desear la felicidad y estar libres de sufrimiento. Todos los humanos compartimos esta cualidad básica y lo traemos a colación en todas nuestras interacciones. Nos permite responder a aquellos alrededor de formas que maximicen su bienestar y por lo tanto, también el nuestro.

Miedo, asco y enojo

Las bases neurocientíficas del miedo, el asco y el enojo comparten algunas similitudes. Tienen dos principales en común: la amígdala y su papel para la recuperación. La amígdala es una estructura en el cerebro que activa nuestro mecanismo “lucha-o-huida”. Le manda señales al resto del cuerpo cuando algo es percibido como amenazante, ya sea si es un auto que gira muy cerca de la banqueta (miedo) o el simple pensamiento de una pizza de brócoli ante los ojos de un adolescente (asco).

Es normal y saludable mostrar una respuesta apropiada al contexto –una emoción que es adaptativa en una situación particular- pero no queremos que estas emociones duran más allá del punto en donde son útiles. Sabemos que la meditación en mindfulness -Atención Plena- puede ser útil para regular estas emociones. Entrenamientos en esta práctica resultan en menor preocupación anticipatoria hacia el dolor y una recuperación más rápida después de un evento negativo o incierto.

Sin embargo, el enojo puede generar daño si lo dejamos a cargo del centro de control. Las investigaciones sugieren que el enojo es biológicamente tóxico y tienen efectos dañinos en el sistema cardiovascular, incrementando el riesgo para una persona de tener un infarto. En muchos casos, el enojo surge cuando nuestras metas se ven amenazadas. El desafío es aprovechar la energía que puede asociarse con el enojo y encontrar formas de trabajar con ese obstáculo en lugar de golpear tu cabeza contra él.

Tristeza

A diferencia el enojo, la tristeza apropiada al contexto no es tóxica para el cuerpo. Sin embargo, en circunstancias en las que la tristeza toma las riendas de forma innecesaria, las personas pueden desarrollar depresión.

Para manejar esta tristeza, hay una aproximación que puede sonar extraña al inicio: generosidad.

Regularmente nos entristecemos por circunstancias trágicas, por todas las dificultades que las personas tienen que aguantar. Así que ser capaces de ayudar a otros a aliviar el sufrimiento contribuye a su bienestar y también al nuestro. También nos ayuda a tomar perspectiva de otros y ver directamente que no somos los únicos que estamos sufriendo.

La generosidad es un antídoto directo –desde la neurociencia- a la tristeza, activa circuitos cerebrales asociados a la alegría.

Mientras transitamos por nuestro día y nos encontramos personas que parecen estar pasando por un momento difícil, podemos hacer un simple ejercicio mental al ver a esa persona y reflexionar cómo, justo igual que nosotros, comparten ese deseo básico de estar libres del sufrimiento. Durante esos momentos, podemos decir una frase simple en nuestra mente como “que puedas estar libre del sufrimiento”

Además de este ejercicio mental, hallazgos recientes indican que la actividad física puede ayudar a prevenir la depresión. Además, el ejercicio aeróbico es una de las mejores formas de incrementar la plasticidad cerebral. Si se acompaña con ejercicios mentales como el descrito arriba,  la combinación puede ser particularmente efectiva.

 

Artículo original publicado en The Huffington Post el 24 de julio de 2016. Ver artículo original AQUÍ. Traducción por Instituto Cultivo.