Hacia la conciencia de humanidad compartida

Por: Thupten Jinpa.

En El corazón del altruismo, la científica social Kristen Renwick Monroe recupera una serie de entrevistas que realizó a rescatadores de judíos en la Europa ocupada por los nazis, sobre todo en Holanda y Dinamarca a principios de los años cuarenta.

La historia de dos rescatadores de Holanda a los que Monroe se refiere sólo por sus nombres, Tony y Bert, muestra cómo su valiente actuación no se limitó a personas de algún contexto socioeconómico o religioso específico. Hijo de un doctor y de una madre educada, Tony creció con comodidad en Ámsterdam y viajaba regularmente a la casa de campo de su familia. Bert, en contraste, se crio en el seno de una amplia familia en un pequeño pueblo, y vivió la típica “vida campirana de los trabajadores holandeses que Van Gogh retrató”.

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El asombroso periplo de Tony para salvar judíos comenzó casi por casualidad. Le sugirió al padre de su amigo judío que se refugiara en aquella casa de campo de su familia. Bert, en cambio, comenzó escondiendo a una pareja holandesa que había ayudado a otros judíos a escapar a España.

La primera persona judía que Bert escondió fue un amigo de Annie, su esposa. Bert y su esposa eran dueños de una farmacia enorme, donde construyeron un cuarto secreto para esconder a quienes salvaban de los nazis. Tony y Bert continuaron con su valiente labor durante un largo periodo, con plena conciencia de los graves riesgos que ellos y sus familias corrían. Bert, de hecho, fue traicionado en una ocasión por otro holandés, y su casa fue cateada por soldados alemanes.

El factor común: la percepción de humanidad compartida

Luego de un largo análisis de estas entrevistas, Monroe concluyó que el factor que unía a todos estos rescatadores no era la religión ni estándares éticos sino lo que Monroe llama su “percepción de humanidad compartida”.

Ella entiende esto como un reflejo de “una manera diferente de ver el mundo y a uno mismo en relación con los otros”; en esa visión, todas las personas del planeta se perciben conectadas por una humanidad común –una actitud que el Dalai Lama caracteriza a menudo como el reconocimiento de la “unidad de la humanidad”.

Las declaraciones de muchos de los rescatadores que Monroe registra en su libro capturan lúcidamente esta noción de unidad humana. Cuando se les pregunta si había algo común entre las personas que ayudaban, uno de ellos respondió: “No. Sólo eran personas”. Otro dice llanamente: “si un ser humano está tirado en el piso, sangrando, vas y haces algo al respecto”.

Nuestro rescatista holandés, Bert, lo dice aún más claro cuando señala: “Ayudas a las personas porque eres humano y te das cuenta que lo necesitan. Hay cosas en la vida que tienes que hacer, y las haces”.

Este tema del trabajo de Monroe –que al centro el altruismo se encuentra una percepción de humanidad compartida- resuena de un modo hermoso con un importante hallazgo del pensamiento budista: Lo que facilita el surgimiento de la preocupación empática por los otros es un sentido de conexión –de hecho, una suerte de identificación- que sentimos con los otros.

El dolor es un conector poderoso. Cuando vemos a alguien sangrando en el suelo, respondemos instintivamente; no nos detenemos a pensar cómo debemos sentirnos al respecto. Actuamos.

Las implicaciones son radicales: si aprendemos a relacionarnos con los otros desde la perspectiva de nuestra humanidad compartida, podemos extender nuestra preocupación empática a los extraños e incluso a aquellos con quieres se nos dificulta relacionarnos.

“Exactamente como yo…”

Las meditaciones sobre la compasión derivadas del budismo utilizan todo el tiempo frases. Una es: “Exactamente como yo, los otros desean ser felices y superar el sufrimiento”, casi a manera de un mantra.

“Exactamente como yo… exactamente como yo…”.

Además, a partir de la relación que establecemos con los otros sobre la base de nuestra humanidad compartida, nos vemos bendecidos por una infinidad de oportunidades para salirnos de nuestra propia mente, una clave tanto para la compasión como para nuestra felicidad personal, como hemos visto.

Una mujer que estaba entrenándose en el curso de compasión de Stanford realizaba las meditaciones diarias. Como parte de la práctica para “aceptar la humanidad común”, se le pidió que se imaginara extendiendo su compasión hacia una persona difícil. Escogió a su ex marido y su nueva pareja. Cada día alternada entre los dos, y el ejercicio siempre resultaba un reto para ella.

Pero sabía que esto era una práctica y que, con el tiempo, podría ayudar. Cuando llevaba ya nueve meses de meditación diaria, una meditación guiada diferente sobre la compasión se le pidió que visualizara a sus seres queridos frente a ella, y para su sorpresa, ¡su ex esposo y la nueva novia aparecieron ahí! No podría creer lo que veía o, mejor dicho, lo que imaginaba. Ahora eran sus “seres queridos”. La sorpresiva apareció generó un cambio en su actitud hacia ellos.

Entendió que, “exactamente como yo, ellos también sufren y quieren ser felices”. Como ella mismo dijo, “no estoy diciendo que mi relación con ellos es siempre color de rosa. Sin embargo, sé que las meditaciones san creado en mí una paz que ahora puedo extender hacia ellos. Este cambio ha afectado tremendamente mi interacción con ellos, lo que le ayuda sobre todo a nuestro hija de siete años que, por un acuerdo de custodia compartida, vive en ambas casas”.

Combatir la experiencia de aislamiento

Por supuesto, depende de muchos otros factores que nuestros sentimientos hacia los demás lleven, de hecho, a algún beneficio tangible. Algunas veces las otras personas no están listas para recibir nuestra ayuda. Lo que no se puede negar, sin embargo, es el beneficio propio.

Nos sentimos menos solos. Y reconocer el rol que tienen otras personas en nuestro bienestar nos hace verlos como una fuente de bien y alegría, y no de antagonismo.

[…] Por ello, en el entrenamiento de la compasión en Stanford tenemos un paso llamado “aceptar nuestra humanidad compartida”, en el que exploramos la verdad fundamental de que, exactamente como yo, otras personas desean la felicidad y no quieren sufrir. Y exactamente como yo, los otros tienen el derecho de buscar esta aspiración fundamental. El propósito del entrenamiento no es un asunto sólo intelectual; al contrario, se trata de aceptar esta verdad sintiéndola, por así decir, en las entrañas.

 

Fuente Original: Este texto fue extraído del libro “Anatomía del corazón”, escrito por Thupten Jinpa