El síndrome por ayudar

Por: Ezra Bayda.

En la película Groundhog Day, el protagonista despierta cada mañana exactamente en el mismo lugar, al mismo tiempo… siempre repitiendo el mismo día. No importa lo que ocurra, siempre despierta teniendo que repetir el mismo día. No importa lo que haga, no puede tener lo que quiere que en este caso es conquistar a una colega. A pesar de intentar estrategias clásicas de escape, nada funciona… termina despertando al siguiente día en el mismo desastre.

Mientras tanto, una parte de él sigue creciendo. De únicamente tratar de cumplir sus propios deseos, comienza a moverse hacia el hacer cosas por otras personas. Por ejemplo, todos los días salva al mismo niño de caer del mismo árbol a la misma hora. Incluso comienza a utilizar sus logros guiados por el ego, como el tocar el piano, para entretener a otros y no únicamente beneficiarse él mismo.

Finalmente y no a través de esfuerzos conscientes, logra convertirse en una persona más orientada a la vida y menos a sí mismo. Tal como lo dicta la moda típica de Hollywood, logra estar con la persona que quería; sin embargo, el verdadero éxito fue liberarse de los patrones de su personalidad.

Uno de los temas de la práctica es moverse gradualmente desde la orientación a uno mismo hacia la orientación a la vida.

Las trampas del ego

¿Pero qué hay respecto a nuestros esfuerzos por estar más orientados a la vida –como hacer buenas acciones, servir a otros, o dedicar nuestros esfuerzos a causas nobles? No hay nada malo con hacer estos esfuerzos pero no necesariamente no llevarán a una vida menos autocentrada. ¿Por qué? Porque podemos hacer todo esto sin realmente tratar con nuestro ego.

Regularmente los esfuerzos que realizamos, incluso por una buena causa, están al servicio de deseos como comodidad, seguridad y aprecio. Estos esfuerzos siguen siendo autocentrados porque intentamos encasillar la vida conforme a nuestra imagen de lo que debería ser. Sólo viendo a través de este ego –el ego que crea y mantiene nuestros patrones- es que podemos movernos hacia una forma de estar que sea orientada a la vida.

Con frecuencia, nuestro impulso natural para hacer acciones de beneficio se confunde con otros motivos. Y esto no es sorpresa considerando la cantidad de veces que recibimos el mensaje –en especial durante nuestros primeros años- que hacer buenas acciones nos convierte en buenas personas.

Cuando nos dicen que somos buenos cuando somos útiles, recibimos la alabanza que anhelamos. Una vez que confundimos la conducta de ayuda con nuestras necesidades, quedamos atrapados en un patrón que mina nuestro genuino deseo de contribuir.

Las necesidades ocultas

Todos tenemos nuestra propia versión de este síndrome porque cuando somos niños tenemos un imperativo biológico para mantener la aprobación y amor de nuestros cuidadores, cueste lo que cueste. El problema surge cuando, ya siendo adultos, seguimos viviendo con estas viejas imágenes –particularmente de cómo “debemos ser”- sin la conciencia de lo que está detrás de nuestra necesidad de ayudar.

¿Tenemos que ser vistos como las personas que ayudan?

¿Necesitamos sentir y creer que en verdad somos quienes ayudan?

¿Necesitamos ver a personas beneficiándose de nuestra ayuda?

¿Estamos ayudando a raíz de una sensación de “debería”?

¿Podemos ver cómo estamos apegados a nuestra auto-imagen, a nuestra identidad?

¿Quiénes seríamos sin ella?

¿Qué vacío estamos tratando de llenar con ella?

¿Cómo estamos tratando de evitar la inseguridad de no tener a qué aferrarnos?

Cuando nuestra identidad falsa comienza a romperse porque ese vacío no se está llenando –por ejemplo, cuando no obtenemos el reconocimiento que queremos o los resultados que esperamos- reaccionamos emocionalmente, con alguna forma de ansiedad o decepción.

Estas reacciones son una práctica infalible para recordar que aún estamos apegados de alguna forma. Hemos pasado de ser quien ayuda a experimentar el núcleo de la impotencia. Pero debemos estar ahí y practicar con esa impotencia para lograr liberarnos.

Una estretegia para evadir el dolor

Pasamos la mayor parte de nuestras vidas usando estrategias conductuales para cubrir o evadir nuestro dolor –la profunda sensación de alienación básica que toma la forma de sentimientos de poca valía, desesperanza o con fallos de alguna forma.

Si nuestra estrategia es ayudar o necesitamos ser de utilidad, eso requiere encontrar a personas que parecen impotentes o situaciones que parezcan que requieren de nuestra ayuda. Es cierto que también puede estar presente nuestro genuino deseo de ayudar pero cada vez que sintamos una urgencia por ayudar, regularmente está enraizada en el miedo de enfrentar nuestro propio dolor que no ha sanado.

Si nuestro miedo básico es que estaremos siempre en soledad, ¿qué mejor forma de evadirlo que encontrar a alguien que nos necesite?

O si tenemos un sentimiento subyacente de poca valía ¿qué mejor forma de probar que somos valiosos y valiosas que haciendo buenas acciones?

Si estamos tratando de evadir el sentimiento de ser fundamentalmente impotentes o inefectivos ¿acaso no tiene sentido el asumir la identidad de alguien que puede afectar a las personas dejando un impacto positivo a través del servicio?

El peligro real

El síndrome de ayudante que estoy describiendo no es externamente dañino. Lo que lo hace peligroso es su potencial de continuar cegándonos de lo que realmente ocurre. Es fácil ver cómo esta falta de conciencia, multiplicada a lo largo de la sociedad, puede guiar el caos político y social en el que vivimos.

No trabajar con la agitación mental –nuestra necesidad de poder, nuestro deseo autocentrado de poseer, nuestra avaricia basada en el miedo y necesidad de control – tiene como resultado odio, agresión e intolerancia. Esta es la fuente de todos los conflictos y guerras.

Sin entendimiento interno, los individuos así como las sociedades continuarán tropezando. Es por ello que es tan importante que cada uno de nosotros regrese una y otra vez a la práctica de la atención.

EXPERIMENTAR EL CORAZÓN DEL DOLOR

Necesitamos reconocer que estamos utilizando nuestra identidad para vivir una vida basada primariamente en encontrar algún grado de confort y seguridad. Pero también debemos experimentar el corazón del dolor del cual esto surge. Mientras más podamos aprender cómo estar con ese dolor, más podremos conectar con nuestra compasión innata.

De forma interesante, puede que esta experiencia no se manifieste de la forma en que habitualmente  consideramos la compasión. Existe una historia sobre un buscador quien, tras haber visto con claridad la verdad –cuando dejó ser definirse y estar limitado por sus imágenes – se convirtió en conductor de taxi. Como un ave blanca en la nieve, pudo ser capaz de ofrecerse a los demás a través de su simple presencia.

La pregunta es: ¿Cuándo en nuestras vidas hacemos “buenas acciones” para solidificar nuestro ego –al menos en parte? ¿Cuándo usamos nuestra identidad como buscador espiritual, o el confort de ser parte de algo mayor, para cubrir nuestro ansioso estremecimiento de ser?

De alguna forma, todos seguimos caminando el mismo día, viviendo nuestra difusa noción de la vida. El hacer “buenos actos” o incluso ser un meditador devoto, no significa nada si no está acompañado con la honestidad dolorosa que se requiere para ver lo que en verdad ocurre.

Necesitamos sacar nuestras cabezas del suelo y ver las formas en que nos ponemos en nuestro camino –engañándonos u obstaculizando la posibilidad de vivir una vida más abierta y genuina.

Artículo Original https://tricycle.org/magazine/helper-syndrome